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“Sabían, antes de disparar, que eran mujeres»: la historia detrás de la masacre de los LeBarón en la narcofrontera de Sonora y Chihuahua

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Vistas en el mapa, las colonias de La Mora y de LeBaron parecen distantes, porque una está en el estado de Sonora y la otra en el de Chihuahua. En el territorio, en realidad, son dos puntos en una misma línea de sierras y una única comunidad de mormones estadounidenses y mexicanos. 

Pero, precisamente por la orografía, para llegar de un lugar a otro por carretera habría que manejar unas siete horas, con un gran desvío al norte hasta la frontera entre México y Estados Unidos, para bajar otra vez hacia el sur. Por eso nadie hace eso.

La gente, como las tres mujeres masacradas junto con seis de sus hijos cerca de Bavispe, la localidad más grande vecina a La Mora, hace un tramo hacia el norte y se desvía hacia la localidad intermedia de Pancho Villa. En el área hay caminos de tierra abiertos de puro usarlos: levantando polvareda se cruza de un estado a otro.

El problema es que esos caminos ya no son patrimonio de los agricultores y ganaderos. Los mormones los comparten con miembros del narcotráfico. Que a veces les hacen llegar el aviso de que es mejor no usarlo: se pronostican balas. Pero otras veces, no.

“Ante la escasez de infraestructura, de carreteras, tienen que hacer estas brechas, en las que sabemos ahora también que desde hace semanas los grupos criminales de Sonora y Chihuahua se han estado enfrentando en las cercanías”, dijo un miembro de la familia que fundó la colonia original hace casi 100 años, en 1924. “Y ahora vemos lo que sucede cuando quedamos en el fuego cruzado”, completó Alejandro LeBarón.

“Pero siempre hemos andado por estos caminos”, se quedó rumiando. “Nos hemos resistido a abandonar las tierras, el patrimonio construido de generaciones”. No juzgó a quienes prefirieron abandonar sus hogares en la zona que se disputan las bandas de narcotraficantes Los Salazar, del Cártel del Pacífico, y La Línea, del Cártel de Juárez.

El mapa muestra la larga ruta desde Colonia LeBarón a La Mora, que muchos evitan a pesar de ser más segura

“Dispararon con saña y los calcinaron”

Julián LeBarón —acaso el miembro de la familia más conocido, por su activismo contra el delito, su polémicas opiniones y su peso político: en la campaña de 2012, que ganó Enrique Peña Nieto, el actual presidente Andrés Manuel López Obrador llegó a ofrecerle una candidatura a senador— no está convencido de creer en la hipótesis del fuego cruzado.

—Los que estaban esperando dispararon con saña y los calcinaron. Sabían que eran mujeres y vieron a los niños, que son testigos. Sabemos que sabían, antes de disparar, que eran mujeres.

—¿Es posible que haya sido un ataque contra la familia? —le preguntó Infobae. Ya en 2009 los LeBarón habían sido blanco de las bandas criminales del lugar, y la última denuncia de amenazas que hizo la comunidad fue en agosto.

—No sabemos, y estamos exigiéndole a las autoridades que lo aclaren.

La voz de LeBarón se entrecortaba. “Es que tengo muy mala señal por aquí”, explicó.

No por culpa de las sierras: hace ya varias semanas que los narcos tumbaron las comunicaciones celulares. La pequeña comunidad de La Mora —218 habitantes, según Wikipedia, 35 familias con unos 150 miembros, según Alejandro LeBarón— se comunican mediante WhatsApp vía satelital.

Así avisaron, primero, que el vehículo utilitario que manejaba Rhonita Miller LeBarón, un Chevy Tahoe, había sido baleado e incendiado. Ella y sus hijos, Howard (de 12 años), Krystal (10 años) y los gemelos Titus y Tiana (ocho meses) estaban muertos.

“Esto parece un mal sueño», publicó en las redes sociales un familiar de las mujeres, John LeBarón. “Sus cuerpos fueron encontrados en su vehículo. Y los otros (mi tía Dawna Langford Ray y sus niños y mi prima Christina Langford Johnson y su bebé) ¡están desaparecidos!”.

En realidad, estaban muertos (otros cuatro) o escondidos (otros cinco) o corriendo en la maleza (otros dos).

Porque la polvareda había hecho que el vehículo de Rhonita se separara de los otros dos y se perdiera de vista, pero tanto Dawna como Christina llegaron a escuchar balazos y una explosión. Frenaron y retrocedieron. Pero las emboscaron poco después: por eso la Fiscalía General de Justicia del Estado (FGJE) encontró los cadáveres como cuentas de un collar roto a lo largo de casi 20 kilómetros, con los dos Suburban restantes separados también entre sí por unos dos kilómetros, en el que acaso fue el último intento de huida de las víctimas.

El video de la Tahoe incendiada, que filmó Lafe Langford Jr., el suegro de Rhonita, se reproducía una y otra vez; los medios mexicanos sacaban al aire a Adrián LeBarón, el padre de la mujer: “Salió una caravana a las 9 de la mañana de un rancho arriba de la sierra… Iban mi hija, de 30 años, y cuatro hijos de ella, o sea, nietos míos… Puras mujeres y niños. Cada una dejó muchos huérfanos”.

Las fuerzas federales, de Sonora y de Chihuahua comenzaban a movilizarse, pero Julián LeBarón las fustigaba: “¡No llegó el helicóptero! ¡No ha llegado ni una autoridad del estado!”.

LeBarón nunca ha votado, porque cree en la política como activista pero no en el sistema de partidos mexicano, y nada de lo que sucedió el 4 de noviembre afectó esa opinión. “Está muy difícil hacer las cosas y hacer progresar a la comunidad cuando uno tiene que vivir siempre con miedo”, explicó a Infobae. “Cuando yo era niño salíamos a la calle sin ningún tipo de preocupación. El país está con mucha violencia. Tenemos un Gobierno enorme, y muy caro, y la impunidad es de casi el 100 por ciento”.

«Tenemos el derecho, en todo momento, de defender la vida y la libertad», dijo a Infobae Julián LeBarón sobre su deseo de asumir su propia seguridad armada (Juan Pablo Zamora/ cuartoscuro.com)
Precisó en una entrevista de 2016, en Líderes de Opinión, que diría que es del 98%, y “¿quién puede estar de acuerdo con el 98% de impunidad?”, preguntó. “Esto de que nos digan que porque ganan elecciones significa que nos representan los mexicanos es una bofetada. La idea de que la gente escoge esto y que estas personas nos representan es totalmente falsa. Tenemos que empezar a cuestionar este asunto”.

Y eso hizo el lunes, apenas aparecieron algunos soldados del 35 batallón de infantería: salió por sus propios medios, con otros miembros de su familia y varios vecinos a buscar a las otras dos mujeres que viajaban en las Suburban, que imaginaban secuestradas con sus hijos pero todavía vivas.

“Vamos corriendo con toda la gente, con palos, con un 22, con lo que se pueda, aquí en las sierras de Sonora. Y a ver con qué nos encontramos”, siguió informando a los medios mexicanos cuando la señal se lo permitía. La búsqueda desesperada se prolongó durante 11 horas.

Entonces, mientras LeBarón salía por teléfono en un programa de televisión, le llegó a él la confirmación de los otros asesinatos: “Nos acabamos de dar cuenta que las otras dos señoras que estaban perdidas, estás muertas también. Y mataron a unos niños. Y otros se escaparon y pidieron ayuda y nos confirmaron que a las señoras las asesinaron”.

El cuadro de la masacre ya se había completado: “¡Van tres camionetas llenas de niños y mujeres y estos desgraciados los queman vivos, los asesinan a sangre fría!”, siguió el activista.

Además de Rhonita y sus cuatro hijos, habían muerto Dawna, junto con dos de sus siete hijos, Trevor y Rogan, y Christina.

Habían sobrevivido la bebé de Christina, escondida en el piso de los asientos traseros (Faith, de siete meses) y varios hijos de Dawna: Kylie, Cody, Jake, Xander y Brixon, además de Devin, quien los escondió y caminó más de 15 kilómetros hasta La Mora para pedir ayuda. La niña McKenzie, que salió del escondite al rato, porque Devin no regresaba, se perdió durante cuatro horas en la oscuridad.

El grupo de vecinos y familiares quiso continuar hasta encontrar a los sobrevivientes, pero los disparos los detenían cada tanto. Eran más de las 7 de la tarde cuando encontraron a los niños escondidos, y dos horas después dieron con la chiquita perdida.

“Yo creo que es tiempo de echar a estas autoridades. O a ver cómo vamos a hacer para podernos defender, porque esto es una chingadera”, repetía LeBarón. Le faltaba sueño pero no afán de polemizar.

—Unos son La Línea, otros del Cártel de Sinaloa —explicó a Infobae—, pero hasta cierto punto esto pasa porque el narcotráfico es aceptable. Hasta cierto punto la única razón por la que hay casi 100% de impunidad es porque la sociedad tolera autoridades que no dan resultados y que no cumplen con su obligación.

—Muchas veces antes habló de tomar la seguridad en sus manos. ¿Sigue pensando lo mismo?

—No sólo creo que tenemos el derecho de hacerlo: creo que es nuestra obligación hacerlo. A no ser que tengamos otra manera de defender la vida… Pero obviamente la libertad no es algo que nos dan los políticos: nosotros creemos que la libertad es lo que nos da dios. Y tenemos el derecho, en todo momento, de defender la vida y la libertad.

Esa idea filo-anarquista, que paradójicamente lo ubica tan distante de la ley como las bandas criminales a las que combate, se abrió paso en su filosofía de vida a medida que la vida simple de los mormones, centradas en el trabajo rural, la iglesia y la familia, comenzó a ser interrumpida por el narcotráfico y sus cuestiones asociadas: la extorsión, los secuestros, los asesinatos.

Primero fue el secuestro de su hermano Erick, en 2019, en la colonia LeBarón. Pidieron USD 1 millón de dólares. En la desesperación, otro hermano LeBarón, Benjamín, dijo: «Una vez que secuestran a una persona, ya está virtualmente muerta. Darles dinero nos hace cómplices de ese crimen. Y si pagamos, abrimos la temporada de secuestros en la comunidad. Esta gente va a hacer lo que quiera aquí’”.

Discutieron. Se pusieron de acuerdo y marcharon a la capital de Chihuahua: “No +!”, “Ni un secuestro más”, llevaron escrito en las ventanillas de los vehículos, en carteles, hasta en la ropa.

Y Eric fue liberado.

En 2009, Erick LeBarón, en ese entonces con 17 años, fue secuestrado por las narcomafias locales, pero salvó la vida. (Foto: Especial)
En 2009, Erick LeBarón, en ese entonces con 17 años, fue secuestrado por las narcomafias locales, pero salvó la vida. (Foto: Especial)
“Pensamos que era un milagro”, dijo Julian en 2011 a Univision. “Comenzamos un movimiento con las demás comunidades. Dijimos: ‘Vamos a compartir información, vamos a compartir esfuerzos y vamos a resolver este problema de extorsiones y secuestros juntos. Mi hermano Benjamin se convirtió en el líder».

Cada vez que pasaba algo, la gente iba a golpear la puerta de la casa de Myriam y Benjamin LeBarón. Las denuncias del activista no lograron menguar la violencia, pero llevaron a que policía hiciera unas 25 detenciones por los secuestros. No tuvieron otra consecuencia que la venganza de los perpetradores.

La noche del 7 de julio de 2009 los golpes a la puerta fueron de un grupo de hombres armados. “No sé cuánta gente era, pero creo que al menos unos 20”, recordó Myriam años más tarde.

Ella logró llamar a su hermana para pedirle ayuda y corrió hacia el dormitorio de los hijos. Uno de los hombres la siguió. “Trataba de manosearme, sólo le dije ‘Por favor no lo haga delante de mis hijos’». En ese momento su cuñado, Luis Widmar, entró a la casa. “Lo agarraron y lo tiraron al piso y le dijeron que se callara”. Los forcejeos fueron inútiles y pronto la banda armada se fue de la casa, llevándose a Benjamin y a Luis.

Los encontraron poco más tarde, en un camino de tierra cerca del cementerio. Los habían puesto de rodillas contra un alambrado y les habían disparado en la cabeza.

Al funeral más grande que conoció el pueblo le siguió el miedo. La organización comunal se deshizo.

Julián se integró a una asociación más grande, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, cuya cara más conocida era el poeta Javier Sicilia, cuyo hijo había sido asesinado junto a otras seis personas. Recorrió México entero con sus manifestaciones, que hicieron que hasta participara en un diálogo federal con el entonces presidente Felipe Calderón, a quien por cierto criticó mucho: “Es un error fatal haberle declarado la guerra al narcotráfico”, dijo en el programa Tragaluz, en 2012. «Y haberlo hecho sin considerar la razón por la cual el narcotráfico existe como un mercado negro, para empezar, es poner en peligro a toda la gente inocente”.

Sin embargo, no se sintió a gusto en un organismo de proyección nacional. Se separó porque el movimiento se alejaba de su idea de desobediencia civil y le parecía “un interlocutor de los partidos políticos y el gobierno”.

Y las autoridades nunca han merecido su confianza. Los muertos, opinó, siguen siendo la noticia de todos los días. “Creo que el poder que les hemos entregado a nuestros políticos es un poder criminal”, agregó en Tragaluz. “Ese poder, en manos del que sea, es criminal. Hace mucho daño”.

Otras de sus perspectivas son así de extremas: “Yo estoy en contra del crimen. Y no creo que el narcotráfico es un crimen. Lo hemos criminalizado, pero no veo la diferencia moral entre el que hace tequila, el que tiene una licorería, el que fuma cigarros».

«El mercado en los Estados Unidos es tan enorme y tan lucrativo que me parece que cada mexicano que asesinan hace que las drogas valgan más en los Estados Unidos. Y a los estadounidenses no les importa que 50.000 personas hayan sido asesinadas en cuatro años en este país hermoso”, dijo a Univision. Era 2012. Hacia finales de 2017 los asesinatos llegaban a 175.000, sin contar las 33.513 desapariciones.

En la tarde del 5 de noviembre David, el marido de Dawna, había llegado de Tucson, adonde su familia lo hubiera recibido de no haber sido emboscada y asesinada mientras lo iba a buscar. Vio a sus hijos sobrevivientes y empezó a pensar en el funeral. Es probable que sea un acontecimiento aun mucho más masivo que el de Benjamin hace 10 años.

—Estamos discutiéndolo —cerró su diálogo con Infobae—. Pero por lo pronto necesitamos saber quiénes lo hicieron y por qué.